Entradas

Mostrando entradas de octubre, 2012

Aquel país de murallas.

Las murallas eran muy altas y lisas, inclinadas hacia fuera, tan altas y tan lisas y tan inclinadas hacia fuera que seguro que ningún centinela le veía desde arriba. Había caminado mucho pero aún no había desgastado del todo la suela de sus zapatos marineros. Había caminado tanto que no recordaba cuándo había empezado aunque sabía perfectamente en qué fecha vivía. 
Bordeó la muralla acariciando la piedra gris y fría, como la de los cuentos y los dibujos. A decir verdad, todo al tacto era frío, salvo él. La hierba corta del suelo era fría cuando se agachó a atarse de nuevo los cordones. El aire era frío porque tenía fríos la nariz y el paladar. Las nubes eran frías. Hasta la ropa era fría, pero no él. Al menos, él no lo sentía. Vete tú a saber qué hubiera sentido otro, pero no había ningún otro a quien preguntar.
Cuando se topó con la puerta casi por casualidad, se sorprendió. No destacaba sobre la piedra sino que formaba parte de ella, pero era de madera. Tanto se sorprendió que exclamó…

El limbo del silencio.

Quiero hablar de cómo perdí un amigo en el limbo del silencio. 
Si me perdió él o le perdí yo al fin y al cabo no importa, una pérdida es una pérdida. Hubo gritos desesperados, arañazos y cortes en su espalda y en la mía, mientras la mente levitaba en un lugar fuera de este mundo sin enterarse muy bien de qué estaba pasando. Hasta otros antes de nosotros se dieron cuenta de los errores encadenados que nos llevaron al desastre. Al más absoluto desastre, en la fina línea entre el horror de la decepción y la amargura metálica del desengaño. Por supuesto, y como hombres, tampoco supimos aprovechar las oportunidades abofeteadas por los ceños fruncidos y los hombros hundidos, pero eso siempre será culpa mía, y tuya, según hables tú, o yo calle. 
Después de tantos meses y ausencias en la cita del café todo eso se ha esfumado y puedo tocar la tristeza que me vela. Y ha pasado el tiempo porque cuesta recordar tu voz y tu abrazo es más frío que entonces, o tu olor más difuso. Resultas tú mi incer…

Regalos.

- Ven... - Que no. - Por favor, ven. - Que no. ¿No ves que estamos muy atrás? - Da igual, seguro que nos espera. - ¡Que no! No tiene por qué hacerlo. Además, ha dicho que tiene prisa. - ¿Y por qué hay que hacerle caso? - Porque si no el abuelo se enfada. - Yo solo quiero hablarte un momento. - Da igual, dímelo en casa. - Que no, que es muy importante. - No puede ser importante, eres muy pequeña. - Sí que lo es, ¡sí que lo es! Y tengo cosas más importantes que tú, listo, da igual que sea pequeña. - Pero mira que eres pesada. Nos van a regañar. - Pero si no se está dando cuenta, no mira para atrás. - No quiero que me riñan . Si lo hacen que sepas que voy a decir que es culpa tuya. - Bueno, da igual, pero ven. - Que se lo digo, ¿eh? - ¡Que da igual! - A ver, dime...
El niño inclinó su hombro derecho y algunos mechones le taparon los ojos de ese castaño que solo se tiene de niño, a juego con el cabello. El jersey verde de uniforme se le arrugó a la altura de las costillas, por la postura, y la niña, que no …