Aquel país de murallas.

Las murallas eran muy altas y lisas, inclinadas hacia fuera, tan altas y tan lisas y tan inclinadas hacia fuera que seguro que ningún centinela le veía desde arriba. Había caminado mucho pero aún no había desgastado del todo la suela de sus zapatos marineros. Había caminado tanto que no recordaba cuándo había empezado aunque sabía perfectamente en qué fecha vivía. 

Bordeó la muralla acariciando la piedra gris y fría, como la de los cuentos y los dibujos. A decir verdad, todo al tacto era frío, salvo él. La hierba corta del suelo era fría cuando se agachó a atarse de nuevo los cordones. El aire era frío porque tenía fríos la nariz y el paladar. Las nubes eran frías. Hasta la ropa era fría, pero no él. Al menos, él no lo sentía. Vete tú a saber qué hubiera sentido otro, pero no había ningún otro a quien preguntar.

Cuando se topó con la puerta casi por casualidad, se sorprendió. No destacaba sobre la piedra sino que formaba parte de ella, pero era de madera. Tanto se sorprendió que exclamó, y le sonó extraña su propia voz. Su exclamación vibró en el aire un poco más de lo normal en aquel sitio y la puerta abrió un ojo. Lo llamaremos ojo porque en sí, aunque alguno me dirá que este solo es atributo de los puentes, la propia puerta era un rostro. Y la puerta le habló.

Transcribir con exactitud esta conversación sería una tarea complicada, es la primera vez que transcribo pensamientos. Porque las puertas pueden tener ojos, pero lo que es seguro es que no hablan, y se comunican telepáticamente. Eso lo sabe cualquiera, es hasta innecesario recordarlo. El caso es que la transcripción he de reducirla a las palabras, pero intentemos imaginar que cada vez que describa una situación, esta irá acompañada de su correspondiente recuerdo o sueño, y que esto es lo que él vio.

- Buenas tardes, Domenico.

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