El limbo del silencio.

Quiero hablar de cómo perdí un amigo en el limbo del silencio. 

Si me perdió él o le perdí yo al fin y al cabo no importa, una pérdida es una pérdida. Hubo gritos desesperados, arañazos y cortes en su espalda y en la mía, mientras la mente levitaba en un lugar fuera de este mundo sin enterarse muy bien de qué estaba pasando. Hasta otros antes de nosotros se dieron cuenta de los errores encadenados que nos llevaron al desastre. Al más absoluto desastre, en la fina línea entre el horror de la decepción y la amargura metálica del desengaño. Por supuesto, y como hombres, tampoco supimos aprovechar las oportunidades abofeteadas por los ceños fruncidos y los hombros hundidos, pero eso siempre será culpa mía, y tuya, según hables tú, o yo calle. 

Después de tantos meses y ausencias en la cita del café todo eso se ha esfumado y puedo tocar la tristeza que me vela. Y ha pasado el tiempo porque cuesta recordar tu voz y tu abrazo es más frío que entonces, o tu olor más difuso. Resultas tú mi incertidumbre. Pero un amigo es amigo de tal forma en que creo en ti, de tal manera que esta vez y contigo, sueño tus palabras, o tus gestos, o el pasado. Pero claro que sueño, mientras me vela la tristeza.

Sonido.

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