Regalos.

- Ven...
- Que no.
- Por favor, ven.
- Que no. ¿No ves que estamos muy atrás?
- Da igual, seguro que nos espera.
- ¡Que no! No tiene por qué hacerlo. Además, ha dicho que tiene prisa.
- ¿Y por qué hay que hacerle caso?
- Porque si no el abuelo se enfada.
- Yo solo quiero hablarte un momento.
- Da igual, dímelo en casa.
- Que no, que es muy importante.
- No puede ser importante, eres muy pequeña.
- Sí que lo es, ¡sí que lo es! Y tengo cosas más importantes que tú, listo, da igual que sea pequeña.
- Pero mira que eres pesada. Nos van a regañar.
- Pero si no se está dando cuenta, no mira para atrás.
- No quiero que me riñan . Si lo hacen que sepas que voy a decir que es culpa tuya.
- Bueno, da igual, pero ven.
- Que se lo digo, ¿eh?
- ¡Que da igual!
- A ver, dime...

El niño inclinó su hombro derecho y algunos mechones le taparon los ojos de ese castaño que solo se tiene de niño, a juego con el cabello. El jersey verde de uniforme se le arrugó a la altura de las costillas, por la postura, y la niña, que no llegaba más arriba, le cogió del brazo. Se alzó sobre las punteras de sus zapatos negros y levantó la mano para taparse los labios pegados a la oreja de su hermano. Habló en voz muy bajita, para que nadie lo entendiera. Era muy importante y había que tomar las medidas adecuadas, era vital. Como si fueran ellos audibles desde poco más de medio metro. Como si los adultos comprendiésemos su idioma.

- Niños, ¿qué pasa ahora?

Qué tontería, ¿verdad? Qué secretos habrá a poco más de medio metro, qué cosas tan importantes... Ya verán, ya, cuando descubran el mundo. Ya verán ellos, y ya ves, tú.


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