El sol regresó.

Fue más o menos el último día de sol. Los días se hacían cortos y los sentimientos polvo, y pasaron muchos más días cada vez más cortos hasta que el último de ellos se deshizo. Basta con decir que el sol regresó y aún olía a ceniza, pero el sol regresó.

El viaje desgastó las suelas de las botas más caras y provocó lesiones de necesario reposo, llevando cada bocanada frío a las entrañas y devolviendo sudor. A menudo el deseo se desdibujaba entre la niebla y quedaba solo una carcasa vacía cubierta de ampollas. Empapada de ellas. Había viajado antes, había pasado por allí antes pero por ser la razón de nombre diferente, el camino resultaba más nuevo que viejo. La realidad era más diferente que acostumbrada cuando reconoció aquella piedra que un día ensució de cal, en un descanso obligado de sal y decepción.

Un paso cambió el mundo. Una nota, un latido, y todo cambió. No buscó un por qué, sino que aceptó ese cambio como aceptó entonces un nuevo motivo, sintiendo la mochila más ligera, los labios menos resecos, los huesos menos crujir. Las pesadillas sin descanso quedaron en la última velada, en paz y en calma ancladas al tiempo que no es ni será. La ansiedad y el miedo, ese miedo de nombre diferente que nunca esperó, acompañó para siempre los malos sueños en pasado. Su alma descansó, encontró su propio perdón generoso y comprendió una nueva lección que hasta entonces había sido un error. Llegó con el fin del invierno, el primer día de sol.

Porque aún olía a ceniza, pero el sol regresó.


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