Carta.

De todos los enemigos a los que me he podido enfrentar, sin duda el tedio es el más duro. He sobrevivido al odio y a la deshonra, como he sobrevivido al amor y a la amistad. Pero no ha habido nunca un enemigo mayor que el tedio. 

Contra todos mi único arma siempre fue el tiempo, he aquí por qué resulta tan terrible. Muchos dirán que la solución a todo es la voluntad, pero yerran en un delirio positivo. La clave está en el tiempo. No en el paso de los días y los meses, o quizá sí. Me refiero a que lo que importa de verdad es el paso de los minutos en función de los segundos que tú sientas que éstos tienen. Gestionando mi tiempo, a veces incluso entreteniéndolo, he conseguido superar cada década con una sensación de relativa tranquilidad. Pues un hombre viejo con una buena vida jamás duerme en paz, ya sea por no seguir la vida buena, o por no quererla. El tiempo así como mi mejor arma, también ha sido mi mayor traba y casi con total seguridad, la razón de mis otros enemigos.

Pero el tedio es el tiempo enfrentado a sí mismo. No hay nada que pueda arreglar esa reinvención anárquica del tiempo, esa burla consciente de toda mi vida. Nunca me he visto más solo que aquella vez en mi juventud. Cuando desperté de pronto. Hasta entonces había creído tener el mundo a mis pies, como todo iluso. Y un día, sin mayor razón o mayor señal que un despertar de un día laborable, comprendí que yo no tenía más hilos de títere que aquellos que me movían a mí.

Caí en un estado tan vacío que no supe definirlo hasta mucho tiempo después. Nadie de aquellos que se atrevieron a ayudarme, lo logró. Al final acudí a la consulta de un médico, que me facturó, como diría mi madre, a la consulta de un analista. Ese analista me mandó a otro. Los psicólogos me daban remedios prácticos pero teóricos, como si los hubieran aprendido de memoria. Todos parecían olvidar que el único buen consejero es el que actúa de buena fe habiendo vivido algo parecido.

No pretendo hacer de esto un gesto a favor de la autosuperación, pues no hay más autosuperación que la energía y el tiempo bueno. Lo que es más, mi solución solo fue una, completamente ajena a mí y que hace tiempo que se fue. Una vez la descubrí, gané una batalla fundamental en el transcurso de esta guerra. Muchos dicen que al conocer a alguien que te cambia la vida sientes que se para el tiempo. Yo la conocí, pero he de confesarte que no sentí tal cosa.

Tampoco quiero hablarte del amor, pues no fue el amor lo que me salvó. Ni los billetes de consulta en consulta. En realidad, lo que me salvó de mis fantasmas fue una sencilla comprensión. No olvides nunca que frente al enemigo con las manos desnudas, solo quedas tú. Ese tú no es tu voluntad o tu experiencia sino tú en ese mismo instante, todo tú. El que, por encima de todo, es capaz de elegir. Capaz de reinventar el tedio que es una reinvención del tiempo. Capaz en toda su fascinante humanidad de convertir su vida en un paraíso en el purgatorio o en un infierno terrenal. Capaz de decidir que su minuto dura noventa segundos. Capaz de dejar atrás su vida, como hice yo con ella.

Claro está que uno en la veintena no ha vivido demasiado aunque sí con gran intensidad. Pero escucha bien, mantén los ojos abiertos. Cada recurso en cada despertar de un día laborable serán las armas de tus brazos desnudos frente al enemigo del que no puedes huir. Y, si algún día por azar encuentras a una ella como hice yo, estáte atento a sus señales. Quizá sea momento también de dejar atrás tu vida.

Comentarios

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  2. Es un alivio -por la discontinuidad- y un honor -por razones obvias- que siga habiendo personas que deciden pasar por aquí. Las gracias se las debo a usted y a todos los que leen, pero sobre todo a usted, que me lo recuerda con dos sinceras líneas, lo que las hace perfectas. Gracias, de veras.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La pérdida

Nadie da un duro por ti

Instrucciones de uso