El circo.

Érase una vez un circo que en los últimos años cada vez tenía menos éxito y clientes. Había tenido que despedir a gran parte de sus estrellas: al perro que hablaba, a las plantas comedoras de ratones, a los gemelos negro y blanco que siempre peleaban, y al libro que dictaba el porvenir. Desesperada, la Dirección del circo decidió reunirse para intentar encontrar una solución. Tras mucho tiempo de deliberaciones que duró los viajes entre más de tres ciudades, de repente el Jefe de los Payasos creyó encontrarla:

- La vida de circo ambulante siempre fue atractiva para viajeros y soñadores. Tenemos mucha más diversión que mostrar fuera de la función, hasta entre nosotros nos sorprendemos del entrenamiento del acróbata o de la habilidad del domador. Si dejásemos que el público nos acompañara y visitase en cada ciudad, ¿quién no querría venir? ¡Seríamos El Circo con Público!

A todos les pareció una gran idea. ¿Quién no querría aventurarse en esa vida de promesas de diversión, siempre al alcance de la mano? Así que dicho y hecho. En la siguiente ciudad que visitaron colgaron carteles prometiendo una vida de ilusión a todo aquel que quisiera acompañarlos, con la única e irrisoria condición de disfrutar de todas y cada una de las representaciones, ¡y de forma remunerada!

La iniciativa tuvo un éxito demoledor, apenas necesitaron una semana en la ciudad y cuadruplicaron sus integrantes. Era tiempo de iniciar el gran viaje para muchos, un viaje más para otros. Era una idea genial, ¡un circo que llevaba su público! ¿Cómo era eso posible? De población en población ese fenómeno raro que a todos sorprendía no hacía otra cosa que atraer más adeptos a su causa. Lo mejor de todo es que, para asimilar estos cambios, la Dirección apenas tuvo que hacer unos cuantos ajustes. Reubicó a los más veteranos y menos atractivos en las partes exteriores del campamento nómada, y colocó al público en el centro, colmado de agasajos. Ascendió al Jefe de los Payasos dentro de la organización del circo, y poco más. Todo eran sustanciosos beneficios.

Pasaron unas cuantas temporadas y la lucrativa situación superaba todas las expectativas posibles. El público cumplía a la perfección con su tarea de manera voluntaria y, sobre todo, de manera casi gratuita, lo que dejaba mucho dinero en las arcas de la organización gracias a aquellos que ansiaban contemplar de primera mano El Circo con Público. Como la mayoría de las localidades quedaban ocupadas por el público del circo, aquellas que quedaban se vendían a precio de oro, y por ansiadas que eran, la gente hacía grandes colas.

Es cierto que algún componente del público abandonaba su lugar y se asentaba en una u otra ciudad, pero solo era necesario sustituirle por un nuevo impaciente que, desde luego, abundaban. Hasta llegó a nacer una nueva generación de público, ¡dentro del circo! También es cierto que los viajes a menudo eran duros. Muy duros. Pero el público, ávido de entretenimiento, quedaba satisfecho con las representaciones de viernes, sábado, y la sesión doble del domingo. No había penurias ni enfermedad en el campamento que hiciera no merecer la pena el esperado fin de semana.

Con semejante situación beneficiosa para todos, nadie imaginó siquiera que aquello acabaría. Los falsos Magos, los más inteligentes y más numerosos en la Dirección,  alteraban la parafernalia de los mismos trucos y seguían sorprendiendo al público. Los Acróbatas cambiaban su disfraz, aprovechando entre semana las dotes de costurera de alguna que otra integrante del público -y sus faldas-. Los Payasos tintaban el agua de sus flores para hacer más permanente la salpicadura y prolongar la risa del público.

En definitiva, el público se definía feliz entretenido. Esas medias horas les resultaban suficientes para justificar la penuria de los largos viajes y la distancia de la familia. Pero, un día, el último de los niños nacidos en el circo, que ya contaba con tres años, comenzó a llorar, y pasó tres semanas seguidas llorando. No dejaba dormir a las fieras ni a sus domadores, ni dejaba de interrumpir las representaciones en las ciudades. Lloraba, lloraba y no dejaba de llorar.

Tal acontecimiento llamó la atención de la dirección. El mayor de los falsos Magos en persona acudió a la caravana de su madre a interesarse por el niño. Temerosa, y tras un rato de duda, ella accedió a que le viera. Con un destello airado en la mirada, se inclinó sobre el niño sentado en la cama, y le preguntó: -¿Por qué lloras?-

En ese mismo instante, para alivio de todos, el niño dejó de llorar. Parpadeó un segundo, se mojó los labios, se levantó, agarró su abrigo sin mirar al Mago y salió por la puerta de la caravana. Sin decir nada a nadie, sin despedirse siquiera, se marchó.

Algunos dicen que fue el más listo de todos. Se aburrió de la función.

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