Miedo.


Miedo,
de un ídolo falso
y de adoradores sordociegos.
Miedo
de la corrupción no de un alma,
sino de una mente entretejida.
Miedo
de olvidar la lealtad quijotesca,
de ser el reflejo multiplicado de un espejo roto.
Miedo,
de olvidar la risa
y de arder en el fuego azul del hígado.
Miedo
de un olor y un latir acompasado,
imperturbable e hipnótico.
Miedo
de la consciencia entrenada
y de los muros envueltos en hiedra,
muros de anhelos y pesadillas,
de soluciones sin problema.
Miedo de yo,
mi gran dilema.

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