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Mostrando entradas de julio, 2013

La paz es un invento.

La paz es un invento.
Y esperar que el tiempo arregle su historia, la condena de un sueño tejido con punto de cruz.

Eran mágicos, te digo yo que lo eran.
Nada que ver con los polvos -aunque alguno lo pensara-.
Todo que ver con el tiempo y cómo se dilata.

Eran mágicos, pero la magia no existe.
¡No existe!
Y el tiempo no se dilata.
Es perfecto, continuo, permanente y científico.
Como las emociones, las barajas y el deporte.
Como la vejez.

No existe esa historia, ni el verano, ni el invierno.
Cuéntame tú otra, de finales felices y sonrisas cómplices.
La paz es un invento demasiado triste.

He mentido.

Agonizo.
Año tras año.
Y si miento
al escribir poesía,
es porque ni yo mismo me encuentro.

Sí, di la verdad:
di que todo poeta se pierde
o vive perdido
y que tú no eres poeta,
¡ni aunque yo lo quiera lo soy!

Vaya si he mentido.
Hasta con la cartera vacía
o los moleskines completos,
hasta con el atardecer
¡he mentido!

Toma
mis muñecas desnudas
y aprieta bien los grilletes de la culpa.
Tú eres juez,
y verdugo,
y todo el bufete, si quieres.

He mentido.
Con la cara desnuda,
a mi corazón,
le he mentido.

Vaya novedad.
Mi peor enemigo.

No te imaginas el odio.

Ha llegado el momento que llevo toda la vida evitando, si toda la vida es mi memoria reciente que se limita a estos cuatro años. Millones de tictacs llenos de desconocimiento y sentencia, una y otra vez gritando cada error. No me quedan excusas ni verdades ni dirección después de haber olvidado respirar. Entre la supervivencia y el malvivir está el resumen, y mira que he buscado las señales en el vacío.
Tú te perdiste mirando el camino. Tú has huido, y huido sigues y por más que anhele mi rescate, huido seguirás. Tú que me has matado cada noche y has vendido mis lágrimas por cuatro fotos y un par de canciones. Tú me has dejado rabiar y sufrir, cobarde. Por ti he destrozado los cuadros y las cartas que inventaste e inventamos. 

Mentiste. 
Y, de la manera que sea, después de tanto, no me has dejado marchar. 

No te imaginas el odio.
Por eso sé que jamás me quisiste la mitad de lo que deseaste quererme, y ni un cuarto de lo que odiabas desearme. Y ya no hablemos de lo que contabas, de tu mundo…