El juez.


Demostráis
que las promesas son antigüedad
sin honor ni hora límite,
para todos y para vosotros.
Habláis de lo mediocre como dios
y habéis perdido el norte y el centro del destino.
Y pues, ¿qué razón hay para la misericordia
si nadie se atreve al dolor de reclamarla?
Los hombres pueden mentir en palabra,
pero no saben mentirse en sus corazones.
No es momento de porqués ni de lástima o lamento.
El tiempo de condena llega implacable
precedido del sonido de la muerte,
porque habéis muerto en vida;
habéis roto lo noble de vosotros
y habéis teñido la ceniza.
La condena se revela sin ser dicha:
soledad permanente del alma por los falsos pasos dados
con la deshonra como bandera blandida.

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