Veintidós de septiembre.


Llegará la lluvia
atada al chocolate que nunca tomaremos.
Nos sentaremos en un sillón imaginado
a cientos de kilómetros de distancia,
y ése será nuestro otoño.

Te conformarás con sexo sin rostro,
ese sexo que te obsesiona
y dirige tu juego y tus pasos y tu hálito.
Porque así te acomodas en otro pecho
que no es el que anhelas,
pero abriga.
Y, sin embargo,
nada cubrirá la ausencia de la mente.
La mente, que fue una.
Que jamás volverá a ser una
y será dos, como debió haber sido siempre.

En nuestro primer aniversario,
que apenas parpadeaste,
me asaltó la duda:
¿serán todos los años como éste?
¿Será que el olvido avanza,
y tú le dejas,
y yo le animo?

No hay mundo de musas
sustitutivo de éste.
Aquel y éste son el mismo,
aunque no quieras aceptar
que tus musas te mienten.

Por favor, despierta.
Deja de soñar con otoños,
con caderas y acción,
con las máscaras que te sonríen
creyendo conocerte.
Y regálanos un veintiuno de septiembre.

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