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Mostrando entradas de noviembre, 2013

Poesías a la velocidad de la luz.

No hay arma eficaz contra la poesía, lo siento.
Es el más cruel de los espejos,
la más fulgurante utopía.
Fiel retratista de mis fantasmas más oscuros,
de la ponzoña,
y del gozo de habernos visto en los momentos que aún no hemos compartido.
Pero aparta ese egoísmo del poeta:
he decidido regalarte versos pensados y por pesar
aunque no hayan querido enfrentarlos.
Llevan un lazo a cuadros,
-todo en ti es ese tejido escocés, y bien que lo sabes-.
Antes y después del silencio,
me preguntaron si eras el medio,
el paso,
el atraso,
o el rato.
Fue por la poesía que supe responder:
que eras el hecho, el fin, y hasta el plazo.


El dolor es sabiduría.

El dolor es parte inevitable de la vida. Mientras, la necesidad del dolor se nos condena. El llanto, el débil, el muerto. No hay vida en que el dolor no sea odiado sin ser odio, ni aprendido, ni disfrutado. El luto, la ira, el delirio, la ruptura. Por todas partes es dolor el color de los tapices, por ser el resultado de tantos orígenes. El amor es dolor, como el miedo, como la alegría sin inocencia o el vacío sin la necesariedad de la pérdida. Andar es dolor, vivir es dolor, sentir es dolor. Y el dolor está prohibido. Sabiduría está prohibida si sabiduría es el único látigo de dominación. Dime, ¿cómo nos prohibimos una faceta inolvidable de nuestra fútil existencia? Dime, ¿por qué elegimos sucumbir ante su ausencia si es esencia de la vida?
Tan cobardes, ignorantes y minados somos que nuestra mísera estrategia es obviar lo incamuflable.

Y de ahí, lo efímero.