El dolor es sabiduría.

El dolor es parte inevitable de la vida. Mientras, la necesidad del dolor se nos condena. El llanto, el débil, el muerto. No hay vida en que el dolor no sea odiado sin ser odio, ni aprendido, ni disfrutado. El luto, la ira, el delirio, la ruptura. Por todas partes es dolor el color de los tapices, por ser el resultado de tantos orígenes. El amor es dolor, como el miedo, como la alegría sin inocencia o el vacío sin la necesariedad de la pérdida. Andar es dolor, vivir es dolor, sentir es dolor. Y el dolor está prohibido. Sabiduría está prohibida si sabiduría es el único látigo de dominación. Dime, ¿cómo nos prohibimos una faceta inolvidable de nuestra fútil existencia? Dime, ¿por qué elegimos sucumbir ante su ausencia si es esencia de la vida?

Tan cobardes, ignorantes y minados somos que nuestra mísera estrategia es obviar lo incamuflable.

Y de ahí, lo efímero.

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