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Mostrando entradas de diciembre, 2013

Recuerdos a la velocidad de la luz.

Dormía en la cama de al lado, con la espalda desnuda apuntando hacia arriba, su rostro vuelto hacia mí, en ese gesto tan limpio. Aquella noche llegamos después del amanecer y no pudo menos que caer derrotada, desvistiéndose en sueños por la mezcla de alcohol y disgustos, mientras yo ya dormía. Yo la miraba a medio metro de distancia, en la otra cama, con la luz de un gran día bañando su cuerpo. Jamás la vi sin ropa, siempre tuve que imaginarla. Abrió los ojos mientras yo pensaba todo esto y los dos sabemos que me leyó como nunca. Sonrió apenas un momento y volvió a cerrar los ojos respirando al mismo ritmo profundo que había marcado su habla en las horas de sueño. No lo pude evitar, miraba su cuerpo tapado hasta el atisbo de sus curvas y ansiaba más su piel y su mente cuanto más caía en la cuenta de que no podría compartirla. No pude más, alargué el brazo y acaricié sus cicatrices de latigazos y excesivas cargas. Leí entonces que jamás nadie había descubierto el territorio de su alma…

Pentálogo.

Regla número uno:
Nadie vale más que una idea noble.
Regla número dos:
Si has de ensuciarte de tinta, que sea en el arte de hacerlo.
Regla número tres:
Todo pasa. El tiempo escapa. La vida muere. Y no eres nada.
Corolario:
Extenúate de todo.
Regla número cuatro:
No habrá paz para los lúcidos.
Regla número cinco:
El placer será al dolor lo que el silencio a la escritura.
Sin viceversa.
Sin perdón.

Los principios, o la vida.

Los principios, o la vida. No me interesa lo uno sin lo otro, prefiero morir a sentir la traición hormigueando la yema de mis dedos. Hace tiempo olvidé muchas de las cosas que creí haber aprendido. Como, por ejemplo, que la expectativa daña. Como la mentira, como la manipulación, como la ausencia de escrúpulos, como el error que no se subsana. También olvidé que la duda no cabe en ciertos casos, que no hay gentileza posible en lo que a supervivencia se refiere. Somos puros animales, y bienvenido sea. El sexo no se escribiría con mayúsculas sin ello. Ni el amor de una madre hacia su hijo. La condición humana nos determina tanto que cualquier predicción es acertada si se adereza con una pizca de sentido común, que a tantos nos falta. Esto es, en lo que los hechos demuestran, que es la vida una, y que se acaba.
Que no somos nadie, para nadie, para nada. Que si somos somos sólo en nosotros mismos, sin espejos ni altavoces ni delirios de grandeza imaginada. Que no hay más energía vana que…

Querido Rey Mago.

Devuélveme el humo de tus pulmones.
Báilame un blues, enséñame a sentirlo.
Cuéntame las historias de Oviedo vestido de orbayo,
paséame a la caza del té negro.
Por favor, respírame el olor a mar.

Todo esto, para conseguir lo que ya tienes.

No me mires cuando te miro.
No me digas que la experiencia es dogma en la edad,
no me engañes.
No me arrulles, que quiero volar.
Y soñar,
y perderme entre defectos que odio pensar,
-y en tu arrullo, es cierto-.

Todo esto, para conseguir lo que ya quiero.

Lídianos a mí y al miedo,
por agotadora que resulte la tarea.
Desentierra mi risa una y otra vez como hasta ahora,
déjame a mí la misión de mantenerla.
En el fondo, sólo dos mentes simples
en el delicado equilibrio de ser felices.

Todo esto, para entender lo que ya existe.
Nada más.




Honestamente.

Honestamente,
llévate mis andrajos.
No hay razón para quedármelos
si me desnudaste a palos,
si me negaste a ratos
para no afirmarme jamás.
Llévatelos.
Son el polvo de tus ruinas,
el silencio de tus cuestiones,
tú que abrazas mis historias
como si pudieses proclamar mi nombre.
Cuánto duele el silencio,
la calma triste,
las lágrimas frías y dulces.
O los gestos en otros lugares y cuerpos,
¿verdad?
¡Cuánto duele!

Quizá no comprendes
que es vano el intento
de luchar mi causa,
de vivir mi piel,
de calzar mi cama.
No es quizá, es sí;
no comprendes,
qué desdicha
-y más la tuya que la mía-.
Yo ya conozco el final de esta novela barata.

Óyeme:
algún día verás con mis ojos
sólo si descubres
lo fatal de la poesía.
Tanto que adulas,
tanto que ensucias,
tanto que buscas limpiar
en la tumba.
Llévate mis andrajos,
que sólo así perdonaré la culpa.
La de todos
y, por tanto,
la suya.