Honestamente.


Honestamente,
llévate mis andrajos.
No hay razón para quedármelos
si me desnudaste a palos,
si me negaste a ratos
para no afirmarme jamás.
Llévatelos.
Son el polvo de tus ruinas,
el silencio de tus cuestiones,
tú que abrazas mis historias
como si pudieses proclamar mi nombre.
Cuánto duele el silencio,
la calma triste,
las lágrimas frías y dulces.
O los gestos en otros lugares y cuerpos,
¿verdad?
¡Cuánto duele!

Quizá no comprendes
que es vano el intento
de luchar mi causa,
de vivir mi piel,
de calzar mi cama.
No es quizá, es sí;
no comprendes,
qué desdicha
-y más la tuya que la mía-.
Yo ya conozco el final de esta novela barata.

Óyeme:
algún día verás con mis ojos
sólo si descubres
lo fatal de la poesía.
Tanto que adulas,
tanto que ensucias,
tanto que buscas limpiar
en la tumba.
Llévate mis andrajos,
que sólo así perdonaré la culpa.
La de todos
y, por tanto,
la suya.

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