Recuerdos a la velocidad de la luz.


Dormía en la cama de al lado, con la espalda desnuda apuntando hacia arriba, su rostro vuelto hacia mí, en ese gesto tan limpio. Aquella noche llegamos después del amanecer y no pudo menos que caer derrotada, desvistiéndose en sueños por la mezcla de alcohol y disgustos, mientras yo ya dormía. Yo la miraba a medio metro de distancia, en la otra cama, con la luz de un gran día bañando su cuerpo. Jamás la vi sin ropa, siempre tuve que imaginarla. Abrió los ojos mientras yo pensaba todo esto y los dos sabemos que me leyó como nunca. Sonrió apenas un momento y volvió a cerrar los ojos respirando al mismo ritmo profundo que había marcado su habla en las horas de sueño. No lo pude evitar, miraba su cuerpo tapado hasta el atisbo de sus curvas y ansiaba más su piel y su mente cuanto más caía en la cuenta de que no podría compartirla. No pude más, alargué el brazo y acaricié sus cicatrices de latigazos y excesivas cargas. Leí entonces que jamás nadie había descubierto el territorio de su alma, que sólo era yo quien podía investigarla.

Aquel fue el mejor recuerdo de nuestra vida juntos.
Vida que ya no existe.
Que ojalá existiera.

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