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Mostrando entradas de enero, 2014

Transcripción de un diálogo imaginado

- Mira, cuando envejezcas, no se te ocurra esconder porno debajo del colchón. Sobre todo, que nadie te vea mirar por la calle a esas jóvenes que podrían ser tus hijas y más aún, que nadie te vea mirarlas cuando te hablen.-
- Pero...-
- Que más allá de los cincuenta no se folla, chico, que está mal visto. ¿Quieres ser un pervertido? A partir de los cincuenta sólo te quedan los libros, las pelis de los sesenta y echar a andar monte arriba. Tenlo cristalino, despídete bien en estas décadas del sexo que cuando llegue el medio siglo se consagrará como utopía. Para algo eres hombre y tu cuerpo te dice que a partir de entonces como mínimo necesitas dos pastillas.-
- No tenía intención yo...-
- No me interrumpas. La vida tiene estas cosas, te lo digo yo, bien que lo sé. Si hubiera sabido esto a los veinte, no me hubiera echado el guante ninguna. Pues no me iba a haber aprovechado yo de inocentes y pulcras... Las más putas de todas.-
- A ver, mi mujer y yo...-
- Como que te crees que tu mujer …

Obseso del pensar

Para un obseso del pensar -como yo, como tantos-, se entiende normal consumir cualquier cosa que alivie su espalda un instante, aunque sean tus piernas, o las de cualquiera, especialmente aunque sean las tuyas.

Sé lo que es un mundo hundido y un paraíso hecho trozos, y no querer ver lo que es y será: una avalancha a propósito y sin ganas, delicadamente desatada, con consecuencias medidas y pulcramente decoradas de rabia y otras lindezas cuya intuición se me escapa. Pero conocerlas, las conozco, créeme. Hasta son mías. Hasta las creé. Sé lo que es una vez naufragados y agarrados a cualquier neumático desecho, sin ser capaces de soportar el vaivén de las olas -enfadadas porque perdieron su minuto de gloria en la tormenta-, que me haya quedado exclusivamente una razón para mi existencia: la existencia misma. La fantasía de la vida.

Es por esto que me enamoro de cada adiós. Porque cada adiós es una tormenta misma, con neumático o sin olas, o al revés, y la falsa necesidad de rebuscar en u…

Por ejemplo, un sueño

Tengo un sueño de kilómetros y paisajes sin que me encuentre la lluvia. De salir a bailar en su amenaza, hundida en la hierba y su concierto de olfatos. La infinitud a mis pies y ante mis ojos, sin mayor exigencia que ser vivo. La banda sonora de esa guitarra de otro mundo en diez minutos que son horas y sólo un instante, que procede del genio y a él tributa. Tengo un sueño hecho del tacto del frío y el ímpetu del fuego escondido entre los gestos, de ese perderme a la vez que avanza la curva de esta espalda al compás frenético de un latido.

Tengo un sueño de papel quemado y cartas nuevas escritas con el mismo bolígrafo con el que escribí las viejas, que sean ceniza o polvo sacudido fuera. Tengo un sueño de vigas de madera y muros de piedra, de catorce escalones de baldosa arriesgados al hueco de una inexistente barandilla que, para qué negarlo, lo que importa no es que exista. Tengo un sueño de suficiencia, de libros, de folios, de éxtasis, de imprenta.

Ojalá sean esas cosas las que s…

Los nombres

La paz tiene nombre de jamás, de que jamás volverán tus pestañas carbón y tu espalda alejándose. La paz tiene nombre de vacío, de vacío limpio y no de ausencia, de revestir de cortinas nuevas una habitación vieja, de una mano de pintura y energía nueva. La paz es esa combinación extraña de interruptor y tiempo que convierte la resignación en una sonrisa simple intocable, esa recompensa que llega cuando piensas que hace tiempo dejaste de ganar por ella. La paz tiene nombre de que ni tu voz ni tus palabras significan.

Es cierto, han sido quinientas noches de pelea y sudor y sangre y rabia, de pérdida, de hastío, de inocencia. Pero he podido nombrar la paz, y no hay mayor tesoro que guarde ahora mi alma: la paz tiene el nombre del adiós que la precede.

Si he de elegir moraleja, es el impulso que da la paz para la guerra. Pero otra, ya no ésta.

Una guerra exclusivamente mía. Manifiestamente viva.

Las formas de la agonía.

Las he conocido. Llevan largas cadenas al cuello y elaborada orfebrería, cada una con los ojos de un matiz distinto, con lágrimas maquilladas hasta el rebasar de la barbilla fina y golpeada. Su vestir no es de este tiempo ni de ningún otro, siempre de tonos rígidos que aparecen en penumbra, abrigados de enredaderas en otro lustro fuertes. El pelo recogido, las manos delicadas con guantes y llagadas sin ellos, la piel gris de enfermedad y tiempo.

He hablado con ellas. La voz duplicada entre trueno y cristal, y luego silencio.

Me han seducido. He compartido lecho y comida y deseo, siempre vivo, siempre en sueños. Las he abrazado, incluso, con toda su violencia: tengo un arañazo por cada uno de sus nombres, por cada metro de sus piernas. Y me han dejado solo.

Se han ido, con sus venenos y ungüentos, y su rastro herido y pútrido ideal. No las encuentro por más que las busco, si es verdad que lo hago, o si es verdad que lo creo. Se han largado, desamparado, vacío, abandonado, sin rumbo en…

Por poner un ejemplo.

Lo mismo que se me eriza la piel,
se me desvanecen las manos
cuando me hace sombra el error
y me ahoga al decir: me equivoqué.
Me equivoqué al conocerte,
al desconocerme,
al confiarte mil veces el equilibrio
que una vez dejaste de cuidar,
por la simple razón de que no supiste cómo.
Cuánto me equivoqué.
Me equivoqué al escribirte,
y ya no quiero hacerlo aunque lo seas todo.
Y ya me ves aquí, buscando un salvavidas.
Porque no quiero escribirte
tanto como quiero superarnos,
y no sé hacerlo sin hacerlo.
En el fondo me das esa calma
de excusa condescendiente
que todo el mundo abraza alguna vez,
y yo te abracé diecisiete meses.
Me equivoqué al importarte,
porque mi error no se llama tu nombre.
Mi error se llama invierno.
Y me lleva abrazando años.

Hueco.

He sido más de ti que tus pies o tu cintura,
la cumbre de un monte sin escala,
el abrigo del desierto desnudo de palabras.
Me has mirado a la cara una sola vez
y has conseguido lo impensable,
una lágrima con sinsentido.
Me he bebido tus piernas eternas
tanto como me sé de memoria el hueco
que plisan tus ingles y tu pelvis generosa,
porque me he perdido en él
en pensamiento y sin obrar
más de millones de veces.
Pero tú que eres todas mis respuestas
a las preguntas no formuladas,
dime cómo me entra olvidarte
despacito y sin avisar,
en la rutina y el desasosiego,
para jamás recordar ni un instante.
No es que ya no te ame o nos amemos,
es que quererte, te quiero mejor lejos,
a soplidos,
a gemidos,
a abrazos,
a adioses.

Esencialmente básicos.

Vivo entre discursos de éxtasis y frenesí, como vivo entre la mayor miseria humana que cabe concebir. Allá veo el brillo de unos ojos que aman, como veo el de unos que lloran la pérdida irrecuperable e incompartible que es la muerte, que es el fin. Mientras a unos les basta, a otros les sobra por doquier, y éso sólo en función del momento de su vida en que sean espiados. Por alguna razón, alguien encontró belleza en lo volátil del presente. Por lo mismo, alguien encontró belleza en sesgar la vida de otro con la sangre del muerto salpicándole el paladar. Quizá por lo mismo encuentra valor el fotógrafo para dibujar una historia sin mediar, por lo mismo que él se deja atar las muñecas y se abandona a ser dominado por ella.

Porque somos animales, esencialmente básicos. Obcecados en considerarnos complejos, en inventarnos un sino, o una trascendencia, o todo a la vez. Pero, no se confundan. Somos miseria y traición como somos ensayo y error, y más vicio que virtud. Más frágiles que atempo…

Cortinas de terciopelo azul.

Entró sin mediar palabra y se sentó frente a mí tras quitarse el abrigo y la mochila. Entrecerrando los ojos encendió un cigarrillo para fumarlo mientras revolvía el azúcar refinado de aquel triste café que llevaba varios minutos servido, frío. Tenía los labios resecos, la mirada brillante -a pesar de la escasa luz que permitían las pesadas cortinas de terciopelo azul que llegaban hasta el suelo-, y el pulso eléctrico, para variar. Sin un hola y desafiándome con la vista, escupió su agonía a borbotones.

- Empieza a superarme todo esto. O hace tiempo que lo hace. Te he visto coger un niño asustado y tembloroso, ahogado en la atmósfera más limpia, y convertir sus ojos en paz. Quizá crees que después de haberlo lanzado al mundo sin más abrigo que él mismo te culpará, pero no hay ya más culpa en ti que la que en él ha habido siempre. No puede ser que no te importe, porque decir eso sería un intento vano de engañarnos, y es más tiempo perdido, y a ese niño le enseñaste lo importante del mom…