Cortinas de terciopelo azul.


Entró sin mediar palabra y se sentó frente a mí tras quitarse el abrigo y la mochila. Entrecerrando los ojos encendió un cigarrillo para fumarlo mientras revolvía el azúcar refinado de aquel triste café que llevaba varios minutos servido, frío. Tenía los labios resecos, la mirada brillante -a pesar de la escasa luz que permitían las pesadas cortinas de terciopelo azul que llegaban hasta el suelo-, y el pulso eléctrico, para variar. Sin un hola y desafiándome con la vista, escupió su agonía a borbotones.

- Empieza a superarme todo esto. O hace tiempo que lo hace. Te he visto coger un niño asustado y tembloroso, ahogado en la atmósfera más limpia, y convertir sus ojos en paz. Quizá crees que después de haberlo lanzado al mundo sin más abrigo que él mismo te culpará, pero no hay ya más culpa en ti que la que en él ha habido siempre. No puede ser que no te importe, porque decir eso sería un intento vano de engañarnos, y es más tiempo perdido, y a ese niño le enseñaste lo importante del momento. Tampoco puede ser que tengas miedo, dejó de juzgarte y condenarte meses atrás, hasta fue capaz de volver a quererte, porque nunca dejó de hacerlo. No puedes tener miedo, de verdad que no, que sólo busca un abrazo en la lluvia y el frío, porque no hay otro consuelo posible que convivir en tus hombros y tus manos.-

Hizo una pausa.

- Dime que no tienes miedo, porque se nos está llenando la vida de ojalás, y lo malo de los ojalás es que cuando pasan, sí que no vuelven.

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