Las formas de la agonía.


Las he conocido. Llevan largas cadenas al cuello y elaborada orfebrería, cada una con los ojos de un matiz distinto, con lágrimas maquilladas hasta el rebasar de la barbilla fina y golpeada. Su vestir no es de este tiempo ni de ningún otro, siempre de tonos rígidos que aparecen en penumbra, abrigados de enredaderas en otro lustro fuertes. El pelo recogido, las manos delicadas con guantes y llagadas sin ellos, la piel gris de enfermedad y tiempo.

He hablado con ellas. La voz duplicada entre trueno y cristal, y luego silencio.

Me han seducido. He compartido lecho y comida y deseo, siempre vivo, siempre en sueños. Las he abrazado, incluso, con toda su violencia: tengo un arañazo por cada uno de sus nombres, por cada metro de sus piernas. Y me han dejado solo.

Se han ido, con sus venenos y ungüentos, y su rastro herido y pútrido ideal. No las encuentro por más que las busco, si es verdad que lo hago, o si es verdad que lo creo. Se han largado, desamparado, vacío, abandonado, sin rumbo en su paraíso deshecho. Sigue abierta la verja: ahora vigilan las noches de otro, un desconocido sin palabra ni rostro.


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