Obseso del pensar

Para un obseso del pensar -como yo, como tantos-, se entiende normal consumir cualquier cosa que alivie su espalda un instante, aunque sean tus piernas, o las de cualquiera, especialmente aunque sean las tuyas.

Sé lo que es un mundo hundido y un paraíso hecho trozos, y no querer ver lo que es y será: una avalancha a propósito y sin ganas, delicadamente desatada, con consecuencias medidas y pulcramente decoradas de rabia y otras lindezas cuya intuición se me escapa. Pero conocerlas, las conozco, créeme. Hasta son mías. Hasta las creé. Sé lo que es una vez naufragados y agarrados a cualquier neumático desecho, sin ser capaces de soportar el vaivén de las olas -enfadadas porque perdieron su minuto de gloria en la tormenta-, que me haya quedado exclusivamente una razón para mi existencia: la existencia misma. La fantasía de la vida.

Es por esto que me enamoro de cada adiós. Porque cada adiós es una tormenta misma, con neumático o sin olas, o al revés, y la falsa necesidad de rebuscar en unas piernas la huida de la avalancha y sus consecuencias, que encuentro ya pasadas en tu voz y esas palabras. Por eso me enamoro de cada adiós. Porque cada adiós es un recuerdo maldito, y la bendición de un nuevo encuentro. Y el volver a empezar de los griegos. Y el volver a amar en la crueldad de la vida.




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