Por poner un ejemplo.


Lo mismo que se me eriza la piel,
se me desvanecen las manos
cuando me hace sombra el error
y me ahoga al decir: me equivoqué.
Me equivoqué al conocerte,
al desconocerme,
al confiarte mil veces el equilibrio
que una vez dejaste de cuidar,
por la simple razón de que no supiste cómo.
Cuánto me equivoqué.
Me equivoqué al escribirte,
y ya no quiero hacerlo aunque lo seas todo.
Y ya me ves aquí, buscando un salvavidas.
Porque no quiero escribirte
tanto como quiero superarnos,
y no sé hacerlo sin hacerlo.
En el fondo me das esa calma
de excusa condescendiente
que todo el mundo abraza alguna vez,
y yo te abracé diecisiete meses.
Me equivoqué al importarte,
porque mi error no se llama tu nombre.
Mi error se llama invierno.
Y me lleva abrazando años.

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