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Mostrando entradas de febrero, 2014

Pequeña tú

Desafías a la vida en cada gesto, y vaya si lo admiro. Con la viveza de tus ojos bicolor mientras fumas tabaco negro asomada a la ventana de un segundo piso, absorta en las cuerdas de tu guitarra hasta bien entrada la madrugada. Admiro tu pasión desatada por todo lo que supone conocer, aun estando condenadas por no haber nacido hombres en tiempos más propicios a la tormenta y el ímpetu.

Propongo que sigamos reinventando el existencialismo. Al margen de palabras vacías de otros, que poco importan en aquello que está por venir, si es que alguna vez importaron. No dejes de alimentar mi oído, yo procuraré no dejar de alimentar tu vista. La amistad que más perdura es el pacto no escrito de admiración y respeto mutuos. Grandes cicatrices has contemplado, medidas en nuestra propia carne, constitutivas de lo que somos, curtidas, decisivas, determinantes. Pero, y eso es lo que admiro, no hay opción a rendición.

La única rendición es la muerte. La misma que te sobreviene.

Empieza con y

Adiós.
Te presento el destierro de la ilusión de ver nevar.
O no.
Y el destierro de la ilusión de recostarnos.
O tampoco.
Quizá en lugar de adiós deberíamos habernos dicho hola más veces que las que nos dijimos el odio, tan maravillosamente descrito y modulado.
Si he de dar una razón, seguramente sea que nuestra cruzada olvidó su destino y se quedó en la primera encrucijada en la que ponía la palabra libertad.
Qué de desgracias tiene la vida.
Qué de fascinantes casualidades.
Qué de pocos momentos de cuerpos desnudos. Siempre serán pocos. Como de mentes desnudas.
Pero qué de belleza, no me lo niegues. Al alcance de un paseo.
Hoy me lo enseñó un fotógrafo, tan concentrado que no me vio parar mi caminar antes de invadir su foto.
Hubiera sido una foto furtiva, ¿no crees? Por furtiva yo, por supuesto. Sin ningún derecho de intromisión.
Me dijo que la vida estaba llena de belleza, me lo dijo una sonrisa. Tímida, superados los cuarenta, concentrada, el pelo largo. Creo.
Me recuerda a un pase…

Hierro

Febrero está muerto, ¿lo ves?
Todos nosotros lo estamos antes de nacer.
Nuestro sentido vacío se consuela en dar lo mejor de nosotros, que no es nada.
Existimos para el arte, para el amor y la mayor atrocidad.
Algunos tenemos más sentido que otros, algunos no tenemos sentido ninguno, y nos malgastamos.
Una pérdida tan pequeña que nos aterroriza, el sentido de morir.
¿De qué sirve el éxito? ¿La miel?
En la inmensidad, no somos en nosotros sino en lo que otros piensan que somos.
Dolemos, nos duelen. Amamos, nos aman. Y no necesariamente en ese orden, ni en esa reciprocidad.
Nuestra maravilla reside en nuestro sinsentido.
Sólo somos en la pelea agonizante.
¿Y qué son los que no pelean?
¿Y qué son los que no saben qué es pelear?
¿Y los que lo hacen y mueren?
¿No son los mismos muertos que los que se exponen una y otra vez, y acaban pereciendo?
Explícame por qué nos velamos los ojos y hacemos oídos sordos a lo efímero de vivir.
¿Cuántos hay que ahora mismo lloran?
¿Qué es lo que nos queda?

Oscuridades

Hubo un tiempo en que borré una parte del mundo. Allí, echar a volar pareció siempre fácil, huir y enfrentar los fantasmas en el mismo momento, algo completamente absurdo en mis pies inmóviles, por más que mi corazón se ahogara de venenos. No imaginas... ¡Cuánto tiempo evité mi oscuridad y qué oscuridad abracé al hacerlo! Entretanto me escondí en otras oscuridades, siempre la autoridad de la razón en mis palabras, junto a la vorágine de pretextos y lágrimas extrañas. Pero esas oscuridades nunca fueron de suficiente negrura, ni aun habiendo existido en mi piel; no vi en nadie jamás tal estoico sacrificio mas que en mi mente y en mi alma aletargadas. Sé que hedoné no se habría decepcionado pero yo sí lo hice al conocerlo en sus retazos; por ellos vendí humo que sirvió a hollines sencillos, aunque no creyera realmente en el carbón por más que me fuera tiznando. Ni siquiera el entretenimiento, ni el mayor de los placeres -que es el papel viejo y no la carne- consiguió que me olvidara de …

Noches y silencios.

Somos silencios.
No hay preguntas, requisitos, expectativas. Somos un papel en blanco manchado de sudor sin sangre o lágrimas. Somos la entrega más íntima sin precinto; como precio, el momento, pero sin abrazo, fortuitos, obcecados, sin sabernos. Somos cualquier incógnita despejada de una noche, de una tarde,  sin la cortesía de un café. Somos el alba que despunta, la piel sin huecos, el punto exacto, el afán compensatorio. Somos lo que recuerdo como un sueño. Un sueño sin audio, un silencio.