Pequeña tú

Desafías a la vida en cada gesto, y vaya si lo admiro. Con la viveza de tus ojos bicolor mientras fumas tabaco negro asomada a la ventana de un segundo piso, absorta en las cuerdas de tu guitarra hasta bien entrada la madrugada. Admiro tu pasión desatada por todo lo que supone conocer, aun estando condenadas por no haber nacido hombres en tiempos más propicios a la tormenta y el ímpetu.

Propongo que sigamos reinventando el existencialismo. Al margen de palabras vacías de otros, que poco importan en aquello que está por venir, si es que alguna vez importaron. No dejes de alimentar mi oído, yo procuraré no dejar de alimentar tu vista. La amistad que más perdura es el pacto no escrito de admiración y respeto mutuos. Grandes cicatrices has contemplado, medidas en nuestra propia carne, constitutivas de lo que somos, curtidas, decisivas, determinantes. Pero, y eso es lo que admiro, no hay opción a rendición.

La única rendición es la muerte. La misma que te sobreviene.

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