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Mostrando entradas de marzo, 2014

Christiania

"Los que bebimos de Christiania aquel día nos hicimos un poco más niños, un poco menos inteligentes, y mucho más sabios." Andrés Gutiérrez
Lo que allí aprendí fue una de las mayores lecciones de mi vida. Pasada la zona de luz verde y los puestos comerciales, comenzamos a andar hacia el corazón del barrio, los cuatro juntos, como en bloque, tan fascinados por el ambiente como recelosos de lo que desconocíamos, cuando la noche caía. Mientras ellos se adelantaron, a la derecha me llamó la atención una nave de tipo industrial, no demasiado grande, con amplios cristales dobles y rectangulares que ocupaban toda la pared principal desde la altura de mi cadera hasta medio metro por encima de mi cabeza. Me separé de ellos sin darme cuenta, con la curiosidad escrita en los ojos, y me acerqué a aquel vidrio que no ofrecía intimidad alguna. La luz era cálida, amable, y el interior era todo un desorden de mesas, cuadros, dibujos, móviles, fotografías, pinturas, pinceles, colores y figuras…

La agonía no siempre antecede a la muerte

Mientras tus manos rodeaban mi cuello, y aplastaban mi tráquea y hacían palpitar el corazón en mis sienes, por más que intentaba gritar, mi cuerpo sólo respondía intentando arañar tu cara y golpear tus costillas con mis rodillas empapadas de sudor; sal y sangre que repelían el agua y la espuma del baño mezclada con pétalos de rosas -sin olvidar tu aceite favorito que regalaba al rojo burbujas de un fulgor macabro, tan característico-.

Cada cinco minutos, me ahogabas.
Cada tres minutos, abrías la ventana para que entrara el aire fresco. Y mis pulmones se henchían, y mi nariz paladeaba el olor a prao de la infancia, el olor a paz de la inocencia infantil que arrebatabas. La piel se erizaba por el cambio de temperatura, simpatizando con el frío de la loza, y algo en mí volvía a crecer rozando la posibilidad de algo más allá con la yema de los dedos. Sólo rozándola.
Cada cinco minutos, me ahogabas.

Y una y otra vez, sabía lo que me aguardaba cada vez que entrabas desnuda en el baño y me m…

Culpable

Hipocresía quizá fue más vivir como tú viviste que vivir como yo lo hice, pero no por ello la mía fue menor hipocresía. Si la única manera de respirar era cobrarme el oxígeno de tus pulmones, anegué también con agua salada de miedo todos tus órganos vitales, todo tu cuerpo, por si acaso. En llanto. En llanto convertí tus días en calcos, en llanto mío dejaste tú de oír el tuyo, y de ver colores e ideas, y de oler perfumes casi permanentes. Mi piel, mi piel era un fantasma ejecutor que obligaba la tuya por salvar lo insalvable, por prorrogar agonías bilaterales que daban sentido a mi existencia, por realizar las fantasías más despreciables mientras la realidad se resumía en cuentos. Desprecio, eso es el estómago que te vuelca y las vísceras que me muestras sin separar apenas los labios, con las pupilas insondables que matan tu rostro. Y la mandíbula lisa, y el gesto contrito en rabia sin opción a conciencia alguna. Si para robarte el oxígeno fui excusa, seré los hombros sobre los que ca…

Erotismo psíquico

¿Alguna vez te has sentido bajo el yugo del deseo más irracional? Cuánto te envidio. Los afortunados que han sido dominados por su estómago son doblemente dichosos, para ellos han sido guardadas las más apetecibles mieles, las curvas más perfectas, la sangre más vívida bajo las uñas descubridoras de la piel. Embebidos de fervor, incapaces de medir los gestos, absorbidos por el único impulso de placer más inmediato en dosis de entrega consumiéndose una y otra vez, de la concesión más absoluta, del único dolor que merece ser vivido. La compañía, la dominación, la entrega y el frenesí en una sinfonía de sabor y deleite, acompañando los dientes que persiguen los ángulos inverosímiles a los que obliga la lujuria.

Quienes se desnudan frente a la pulsión, aunque por un instante sea, son doblemente dichosos: beben del momento, y beben del recuerdo de esa sensación inenarrable. Dioses por un segundo, elevados a la condición de inmortales extasiados.

"En el dulce despertar del erotismo psí…

El espejo

Ahora que el llanto ya no le responde, no puede ahogar más la desesperanza. El miedo late al compás, siempre detrás, siempre maldito. No se atreve a soñar, aún hay cierta comodidad esquiva en disfrutar de su agonía. Por más calles que recorre y timbres que toca, nadie responde, aunque ve luz en las ventanas. No hay caridad, ni compasión, ni consuelo. De alguna forma sabe que su físico infantil no sirve en este mundo, nadie caerá ya en sus encantos ni en la red de sus enredos, ni en sus ojos dolientes, ni en la lástima solidaria.

Las casas se suceden, terriblemente solo. Y con ellas los barrios, las ciudades, los paisajes, las provincias, los países. Ante la vacía inmensidad, la realidad se instala en su cuello, los recuerdos tensan la soga. Terriblemente solo. Se pregunta a cada paso: ¿qué fue de aquellos a quienes amé, si es que amar, amé algún día? Es incapaz de ver que ya no están. ¿Qué fue de aquellos que me amaron, si es que es cierto que lo hicieron? Desconoce que nunca existier…

Frágiles.

Somos más que frágiles. A la vejez, al tiempo, al infortunio, a la lluvia, a la tormenta, a la abrasión. Si quedaba algún resquicio, ya no tengo esperanza de encontrar un sentido: nuestra existencia es inexistente, sin soñar ser la nada, siquiera. ¿Es que no lo veis? En vuestros tobillos lucen las cadenas de vuestra condición de ser humanos, terriblemente humanos, vuestro destino ineludible. No me digan que aún hay consuelo en la lucha animal, si ya estamos condenados a la muerte y a la insignificancia desde el mismo momento en que nacemos. ¿Qué hay, qué queda? Sólo la opción de hacer historia, diréis, pero ésa tampoco existe, si yo hago historia, jamás la veré. Devolvedme la ignorancia previa a mi desesperación, no quiero saber, no quiero ver, no quiero oír, no quiero esa voz que grita en mi estómago que todo está perdido y que ganar fue una ilusión. Decidme cómo encuentro a Pandora, os lo ruego, salvadme. En mí ya no encuentro más que vacío. Y en la calle no encuentro más que sus in…