Christiania

"Los que bebimos de Christiania aquel día nos hicimos un poco más niños,
un poco menos inteligentes, y mucho más sabios."
Andrés Gutiérrez

Lo que allí aprendí fue una de las mayores lecciones de mi vida. Pasada la zona de luz verde y los puestos comerciales, comenzamos a andar hacia el corazón del barrio, los cuatro juntos, como en bloque, tan fascinados por el ambiente como recelosos de lo que desconocíamos, cuando la noche caía. Mientras ellos se adelantaron, a la derecha me llamó la atención una nave de tipo industrial, no demasiado grande, con amplios cristales dobles y rectangulares que ocupaban toda la pared principal desde la altura de mi cadera hasta medio metro por encima de mi cabeza. Me separé de ellos sin darme cuenta, con la curiosidad escrita en los ojos, y me acerqué a aquel vidrio que no ofrecía intimidad alguna. La luz era cálida, amable, y el interior era todo un desorden de mesas, cuadros, dibujos, móviles, fotografías, pinturas, pinceles, colores y figuras. De pie, perfectamente de pie, un hombre que había cumplido el medio siglo pintaba un lienzo con motivos geométricos, magenta y azul, respetando con una gracia desdeñosa las líneas del borrador previamente amagadas.

De mi ensoñación me sacó una mujer delgada de cuarenta y tantos, con media melena rubia y la piel poblada de arrugas alegres y tristes, que vestía valiente en el frío de marzo sólo una sudadera y un pantalón de algodón. Tartamudeé unas excusas en inglés y di varios pasos hacia atrás mientras ella me sonreía. "Don't say sorry, sweetie. You don't need to say sorry, you pretty girl. You like painting? You want to come in?" Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y abrió la puerta que yo había pasado inadvertida a apenas dos pasos hacia mi derecha. Algo debí decir de mis amigos esperándome y que pensábamos continuar el paseo, el caso es que entró y me quedé oyendo en el aire en mi voz extraña un "maybe later".

Volví hacia ellos, que me esperaban sorprendidos por mi escapada de veinte segundos, y titubeé un par de explicaciones. Caminamos poco más allá, y nos encontramos en medio de una plaza sin destino claro. Yo no podía refrenar esa curiosidad gatuna que de vez en cuando me asalta y, a falta de un plan mejor, los convencí de volver a la nave. Entramos, yo primero; cuatro veinteañeros invadiendo el lugar al que habían sido invitados, saludando con un tímido "Hi".

Ni la mujer ni el hombre nos contestaron hasta que llegamos al centro de la nave. El interior estaba dispuesto como una especie de C, donde la curva más amplia correspondía a la zona de trabajo y almacén, y los extremos correspondían a otro espacio de trabajo más pequeño e íntimo lindante con la entrada, y a la cocina guardada por una mesa de comedor. Había una temperatura muy agradable. Nos ofrecieron café. Mientras él lo preparaba, Drew se fijó en una mesa con un tablero de ajedrez próximo a la estufa. Fascinada como estaba por todo lo que veía recorriendo de arriba a abajo cada espacio, conecté en el momento de la conversación en el que se sentaron a jugar una partida rápida. Nosotras nos sentamos a la mesa. No podíamos articular palabra. En silencio, atendíamos al juego y al entorno, descubriendo demasiadas cosas cada vez. El hombre trajo el café y preparó velas; después de pulular por la sala y observar algunos cuadros a medio terminar, se sentó a la mesa frente al juego, sin hablar. De nosotros no dijimos más que nuestra nacionalidad, nunca supimos sus nombres, ni ellos los nuestros.

No podía olvidar la fotografía. El café, el juego, la risa de aquella mujer. Si hubieras visto la fotografía... Una mujer desnuda, de espaldas, observa un vestido blanco que cuelga frente a ella, con la luz angulada que revela todos los recovecos de su figura, y desafía sus curvas. Y el silencio que conspiró mientras la observaba, realmente estaba allí, en aquella habitación desconocida tantos años atrás, tan cerca de ella que casi podía alcanzarla...

Drew perdió la partida, en lo que yo sigo creyendo que fue un deje de caballerosidad inconsciente. Eli no dejaba de empaparse de todo aquel sentido estético y vital, y los ojos de Kris eran más felices que nunca. Ellos volvieron a jugar, mientras la mujer triste se reía con todo el descaro imaginable y con el cuerpo entero de los incontables tratados de técnica sobre el ajedrez que han debido de escribirse. Saqué el cuaderno que se había convertido en mi diario de viaje, y el pilot que siempre me acompaña. Por lo que supe después, aquella fue la primera partida de ajedrez que Drew disfrutó con el corazón, la mente y el estómago. Fue la primera -y la última, aún ahora- que fue un matar o morir en cada golpe.

El recuerdo de la fotografía, como el de la mujer, permanecen más o menos indemnes. Pero si algo llevo a fuego es la sonrisa de aquel hombre. Fue un segundo, al comentar una jugada de ella, mientras la observaba desnudo de odio, que le vi sonreír. Nunca jamás en toda mi existencia he visto alguien tan joven. No tenía nada que ver con el THC o la nicotina, o con la apariencia de bohemio, o con la ducha de colores que colgaba de las paredes: era, simplemente, un niño. Y, con más de medio siglo, nos dio la más grande de las lecciones.

Si la salvación es posible, yo la vi aquel día.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Instrucciones de uso

La pérdida

A "Joven y Bonita"