El espejo

Ahora que el llanto ya no le responde, no puede ahogar más la desesperanza. El miedo late al compás, siempre detrás, siempre maldito. No se atreve a soñar, aún hay cierta comodidad esquiva en disfrutar de su agonía. Por más calles que recorre y timbres que toca, nadie responde, aunque ve luz en las ventanas. No hay caridad, ni compasión, ni consuelo. De alguna forma sabe que su físico infantil no sirve en este mundo, nadie caerá ya en sus encantos ni en la red de sus enredos, ni en sus ojos dolientes, ni en la lástima solidaria.

Las casas se suceden, terriblemente solo. Y con ellas los barrios, las ciudades, los paisajes, las provincias, los países. Ante la vacía inmensidad, la realidad se instala en su cuello, los recuerdos tensan la soga. Terriblemente solo. Se pregunta a cada paso: ¿qué fue de aquellos a quienes amé, si es que amar, amé algún día? Es incapaz de ver que ya no están. ¿Qué fue de aquellos que me amaron, si es que es cierto que lo hicieron? Desconoce que nunca existieron. También, a cada paso y sin oírlo, su corazón aúlla la verdad: yo, todo yo, estoy terriblemente solo.

Su mente cree que busca, pero sólo anda por inercia. Lo evidente es que muere por inercia, lo que desea ignorar, como todos. Pero muere en pesadillas, muere en acto, muere en vida. Como sencillamente mueren los condenados, los míseros, los suicidas.

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