La agonía no siempre antecede a la muerte

Mientras tus manos rodeaban mi cuello, y aplastaban mi tráquea y hacían palpitar el corazón en mis sienes, por más que intentaba gritar, mi cuerpo sólo respondía intentando arañar tu cara y golpear tus costillas con mis rodillas empapadas de sudor; sal y sangre que repelían el agua y la espuma del baño mezclada con pétalos de rosas -sin olvidar tu aceite favorito que regalaba al rojo burbujas de un fulgor macabro, tan característico-.

Cada cinco minutos, me ahogabas.
Cada tres minutos, abrías la ventana para que entrara el aire fresco. Y mis pulmones se henchían, y mi nariz paladeaba el olor a prao de la infancia, el olor a paz de la inocencia infantil que arrebatabas. La piel se erizaba por el cambio de temperatura, simpatizando con el frío de la loza, y algo en mí volvía a crecer rozando la posibilidad de algo más allá con la yema de los dedos. Sólo rozándola.
Cada cinco minutos, me ahogabas.

Y una y otra vez, sabía lo que me aguardaba cada vez que entrabas desnuda en el baño y me mirabas desde el otro extremo de la bañera, sonriente, como si todo fuera completamente nuevo. Y, de alguna manera, volvías a odiarme, como siempre, y volvías a ahogarme, cada cinco minutos.

Pero aquel día tardaste más de cinco minutos, estoy seguro. Aquel día tu sonrisa fue forzada, o eso me pareció. Y, aquel día, sólo aquel día que ya sabía de memoria cómo ibas a bailar justo antes de acercarte a mi oído y susurrarme la paz que me negabas, sólo aquel día en lugar de dirigir mis esfuerzos a tu cuello comprendí que era a mí a quien debía impulsarme, que eras mucho menos que un reflejo. Ni siquiera una ilusión, eras un delirio carcelero después de tanto tiempo.

Y sólo me hizo falta salir del agua.
Y sólo me hizo falta una bocanada.
Y sólo así recuperé mis sentidos.
Con lo que ello conlleva.

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