Carta de despedida

Te encantaba preguntarme cómo te conocí, y nunca te lo conté. Ya sabía que la verdad no te resultaría precisamente satisfactoria; no había luz, ni paz, ni nobleza, ni bondad. Para ser honestos, te miré por primera vez dos segundos después de que te hubieras ido, fíjate si nos faltaba coordinación. El bar estaba vacío pero aún olía a café y a cerveza, y aún flotaban aquellos últimos quejidos: Jesus died for somebody's sins but not mine. Vaya, como si los estuviera escuchando ahora mismo. Como si aún retuviera tu olor dominante sobre el café y la cerveza. Como si ver tu cazadora y tus zapatos altos marchar hubiese sido suficiente. Un tanto tarde.

Corrí detrás de aquella imagen, no lo suficientemente rápido. Huiste sin saber que ya te deseaba como nunca a nadie desearía. El resto de la historia ya la sabes; meses después me crucé contigo a pesar de no quererlo, de no haber dejado de pensarte, y entonces jugaste a conocerme tú.

Para qué vamos a engañarnos, ¿eh? Fortuna es bastante zorra algunas veces, y desafiarla no es lo más inteligente que pudimos hacer. Tus ojos miel y miedo me dieron el valor suficiente para ser estúpido, cada vaivén de tus sílabas me hechizó entregándote yo las riendas de mí mismo. Y fuiste su mejor guardiana.

Pero todos tenemos un pasado al que rendimos cuentas. Tú ya habías paladeado los futuros antes de que yo aprendiera ésto, y por eso no puedo seguirte. No puedo mirarte si tú vuelas en las cumbres y yo apenas sé caminar. Ya sé que te encantaría poder enseñarme, poder regalarme esas vistas. Pero es que yo lo que amo es el suelo.

Ya lo ves, preciosa. Sin darme cuenta he recogido las riendas, será que no era demasiado justo que yo no pudiera hechizarte, que tú no me dieras las tuyas. Será que Fortuna nos parte el corazón para que aprendamos a juntar los trozos, que nos estamos volviendo imbéciles.

Sé feliz, preciosa. Lo serás, los dos lo sabemos.
Yo estaré bien, aunque no te preocupes.
Por mi parte, sólo me queda zafarme de un fantasma.
Del qué hubiera pasado si.

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