De obviedades y otros asuntos

Creo que puedo afirmar con la calma que te da la certeza que nadie te ha conocido como yo. Es más, esa calma me permite llegar a afirmar que, en realidad, nadie, probablemente jamás, llegue a conocerte por encima de eso. Tiene que ser complicado respirar en el pasado. Vivir sin significar, buscando la lástima en cada movimiento. Hace poco me dijeron que aquel que siente compasión por alguien le está robando su dignidad. Yo contesté que quien busca la compasión de otros se la quita mucho antes de que éstos la sientan. Creo que esa respuesta nos excusaba; a fin de cuentas, no soy capaz de dejar de sentirla, ni tú capaz de dejar de buscarla.

No concibo cómo has comprendido tan mal la soledad, habiendo comprendido tan bien tantas otras condenas. Tantos talentos tan mal empleados... Lo cierto es que de ti -después de ti, más bien- aprendí a percibir el lacónico brillo de la moral elegida. Que por breve no es menos paralizante, ni por elegida menos extenuante. Pero en la piedad y los principios encontré tu remedio, y las mayores lecciones sobre los mayores miedos. Al final, hasta tengo que agradecerte esta obsesión, por triste que resulte que tu único camino lleve a tu final. Resulta que descubrí más de mí sin ti que contigo, y por ti.

Sé que te encanta enorgullecerte de tus triunfos como sé que en tu orgullo vive tu ansia de destrucción. Portar tus trofeos allá dónde vas, ejecutar tu papel impecable, encandilar, mentir, engañar, distorsionar la realidad: sonrisa galante, dos frases hechas. Aquí tienes un nuevo trofeo. Total, no lo verás, después de tantos años pasados sin habernos contado ésto. Total, de verlo, tampoco lo entenderás, cegado por tus cálculos. Así que: aquí lo tienes. Porta el trofeo de aquel que te lo entrega sabiendo que, si alguna vez lo exhibes, será afirmando tu derrota.

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