Ellas

La he visto indiferente, como la he visto impasible, y no sé cuándo la he temido más. Toda ella fuego, toda ella frío implacable y desalmado roto por dentro. Vi su papel y el mío invertidos, su valor y el mío, su sonrisa intuida. Volé a su zaga, bebí sus montes en el delirio pasional de dos mentes admiradas. Ella me enseñó la diferencia entre la resistencia y la fortaleza en la miseria y frente a ella; me dio sentido.

Ahora la miro muerta de miedo en sus pequeñas batallas, y me ahoga la envidia de sus triunfos y sus carcajadas. Ahora la veo tan semejante a otras diosas condenadas por las mismas cadenas, que pienso si no será verdad que en el fondo somos todas la misma. Porque veo su lucha a miles de kilómetros de la mía siguiendo la misma táctica, logrando las mismas victorias. Amargando los mismos fracasos revertidos en coraje, ya desquitadas de la piedad ultrajante que exhibimos frente al espejo, o en el reflejo del cristal. Pero la veo a ella, magnífica, frágil, poderosa, herida.

Su olor a tabaco y a cerveza, los colores oscuros y la mirada despierta. Cómo no enamorarse de ellas. Cómo no buscarme en sus ojos y en sus gestos, en su bondad y su clemencia. Delante de mí toda la vida encarnadas en mármol, papel y grafito, y ahora las veo. Quizá jamás llegue a comprender totalmente su belleza, pero pobres hombres si jamás las conocéis.

Vuestro futuro es la incerteza.

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