Tiernamente estúpidos

Me rindo, somos tiernamente estúpidos. Y más estúpidos que tiernos: nuestra más ambiciosa pretensión es parar el tiempo combatiendo necios el sentido del instante, que es lo efímero. Son demasiadas las madrugadas adulterando momentos con recuerdos, confundiéndolos, deslizándome por cada recoveco; si por muchas me refiero al último y no a la vida entera: imagina. La explosión en el pecho de una ilusión nueva, completamente pura, y la condena de saber que jamás volverá a existir: eso es. No de la misma manera, no con la misma mirada, y si lo hace no será nueva: ése es el precio a pagar. Y los intereses, ya usura: dudar del juego sucio de mi mente, de las expectativas, de la atmósfera reciente que se escapa por la más mínima rendija.

¿Cómo aceptar serenos la propia sutileza? Es decir, ¿cómo aprehender inviolados la vívida imagen de los hechos? Si ya nuestros ojos distorsionan la misma gama de colores en función de una subjetiva sensación del tiempo. ¿Cuál es la razón de nuestro afán por adulterar la vida complacidos por el espectáculo que internamente deseamos? Será el anhelo mismo. No, aquello fue y no será más, pues ya fue. Seamos francos, nos lo merecemos. Quizá así la novedad que disfraza y la esperanza que nos vela pierdan, y nos dejen ya cerca de una sosegada contemplación de la belleza.

Pero para qué contemplación si no hay vida.
Pero para qué belleza si no es imperfecta.
Pero para qué decepción si,
al fin,
escribo desnuda.

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