O matas, o mueres

Fui un hombre derrotado. Sin lugar, sin camino, sin estar. Fui la completa oscuridad de los días de nubes de acero, el dolor cada vez que algo me obligaba a vestirme por la mañana. Fui el no saber. Fui el reflejo en el espejo de todos mis fantasmas, de los muertos, de los vivos. Fui las lágrimas. Fui la más absoluta soledad.

Fui cuadernos, y fui pensar: algún día debo dejar este odio que me llena y volver a encontrar la generosidad y bondad que la perdición me arrancó del corazón con mi permiso. Fui cultivar con esmero el miedo, la conmiseración, el abandono y la tumba de mi muda autoestima. Fui la lucha complaciente que acabó por mutilarme. Fui abandonar el supuesto de una identidad, la rabia de la pérdida, el luto del abrigo de la decepción. Fui, claro que fui.

Fui otras mentes, otros lugares, otras historias; jamás los míos.
Fui.
Sencillamente, fui.
Jodidamente, fui.
Inexplicablemente, fui.
Pero, más allá de todo eso, fui.
Más que muchas cosas.
Fui.

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