Devuélveme a la tierra

Me escondí en la bufanda que llevaba apoyada en la chupa de cuero que me regalaste. Las botas desgastadas no me sujetaban los tobillos así que me los iba torciendo cada quince o veinte pasos por culpa de los adoquines. Creo que lo hacía a propósito para volver de las sombras a la tierra. Fui a cruzar uno de los puentes y la enésima torcedura decidió por mí que ya estaba bien, así que elegí la mejor opción: quieta, rompí a llorar. Las lágrimas me helaban lo poco descubierto de las mejillas y notaba el rimmel destrozando el momento guapa de las diez de la mañana. Adivinarás que mi rabia estaba lejos de parar. Desde que te fuiste soy sólo soledad, filtros amarillentos y esmalte destrozado, como una femme fatale que se quedó en intento.

No paraba de pensar.

Ya sé que tú ya has estado aquí, pero no tenías por qué decirlo, ¿cómo crees que es descubrir una ciudad contigo en todas partes? Puto egoísta. Te veo en cada neón verde, en cada neón rojo, en cada luz amarilla en los ojos de cada puente de los mil canales de esta ciudad. Hasta en los radios de las bicis y en el timbre que siempre tienen que usar porque me va más el riesgo de lo que me gustaría aceptar.

Los tres segundos que tardé en prender un cigarro me regalaron el eco de tus labios en un -No deberías, pero pásame uno. Y vuelvo a pensar: joder, déjame ya. Fui a buscarte, llegué tarde pero fui a buscarte. Y tú ya te habías ido. Y ahora cada vez que alguien me pregunta ni siquiera respondo. Me preguntan por ti, ¿entiendes? ¿Pero qué se supone que debo decirles? ¿No les vale el dolor en mis ojos?

Las caladas y las lágrimas me nublaban la vista en el frío noviembre neerlandés mientras evitaba por todos los medios hablarme a mí misma de mi culpa en tu final. Crucé un par de puentes más, buscando la plaza de un pintor del que me hablaste alguna vez. Seguí las curvas sinuosas que hacían las calles más allá del barrio de los escaparates donde la carne se ordena por etnias. Sin ver.

Y así, quejándome de ti, te encontré.
Sólo recuerdo el color blanco y el claxon en una nota sin final.
Una campana.
Luego, aparecí en este lugar.
Y comprendí.
Espero que ahora ya entiendas por qué no quiero una eternidad contigo.
Por qué me quejo.

Al matarte a ti, me mataste a mí.
Y no tenías derecho.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Instrucciones de uso

La pérdida

A "Joven y Bonita"