Extracto

El aire sabe a sal, la humedad me empapa la piel del rostro y las manos. Caminaba hacia aquí embebido de soledad y vi y oí a las gentes vivir. Eso me regaló una esperanza verdadera: mi condición es la de muchos y ha sido la de más aún. La diferencia entre esta esperanza y tu ilusión es que la tuya fue más que creída, venerada. Sé que esta verdad, en cambio, es mentira para mí. A fin de cuentas, ¿qué servicio tiene para el romántico la soledad ajena? Y más aún: ¿qué hacer con lo que no elegí? Si los brazos que pudieran reconfortarme hablan otro idioma en este mismo instante. Mientras, las olas y estas piedras siguen tan vivas como inertes en su bello quehacer. Nuestras experiencias son tan nimias y nuestro dolor tan grande que la ira me invade por la inocencia arrugada y desvestida.

En la Plaza del Instituto hay una cafetería abierta desde 1965. La Misericordia me invita a tomar un café, o quizá soy yo quien la invita a ella. Casi todas las mesas están llenas de canas, oscuras las paredes y oscuro el suelo, pero llena la escena de luz halógena. Parecen las seis de la tarde en un día de invierno, pero son casi las nueve de un día cualquiera de septiembre. La barra es blanco mármol, a la derecha, al fondo, se adivina el rellano que precede a los baños y unas escaleras quizá de madera que llevan a la entreplanta dónde sólo una pareja anciana reposa. Me requiere la mesa más escondida al bajar un pequeño escalón mientras una camarera que deambula por la sala sin saber qué hacer me mira curiosa: será el sentido pésame que llevan mis ropas mientras mis ojos siguen vivos.

Me siento, ella viene diligente: un café con leche, por favor. Y la Misericordia. En la mesa frente a mí hay un matrimonio que hace tiempo entró en los cincuenta, sentados separados, salpicado el espacio por sillas vacías. Acto seguido una mujer, hija, probablemente. Sonríe, besa a -digamos- su madre, con quien comparte tinte. Sonríe al padre, se sienta, y se acerca una pareja más joven. Parecería que se hubieran levantado hace un momento, porque ocupan sus sillas como sabiendo cuál es su sitio. Dos hijos, nuera y suegros. Reanudo la Misericordia, que me hace reír.

Aquí tiene, dice. Un ticket que se me antojó útil y ahora conservo, sirvo escaso azúcar y remuevo. Se va. Los miro. La nuera, en la treintena, saca una fina bolsa de plástico blanco mientras ríe con ellos. Sus voces son limpias, celebran un aniversario. Vuelvo a mi tarea, sigo sonriendo y una tímida carcajada se ahoga en mi garganta. Ríen más alto. Ella saca un tablero. Resulta que en la bolsa había un parchís.

Así me quedo, atónito.
Han ido a la plaza del parchís a jugar al parchís con quien más quieren.
¿Serán siempre así de bonitos todos los aniversarios?

Dejo mil monedas de cobre en la mesa, que la camarera recoge mientras habla algo que no escucho. Por el rabillo del ojo, a través de la cristalera que da a la calle, dos hombres maduros me observan. Primero uno, el único que acierto a ver al alzar la mirada, es alto y bien vestido. Parece sorprenderse de encontrarme a mí allí haciendo lo que hacía. Busca con los ojos al hombre que le sigue y al percatarse de que soy consciente se recata sólo hasta el límite que la buena educación indica. Siguen caminando, juraría que he visto media sonrisa. Termino el café sin levantar la vista, recojo el ticket. Salgo al fresco, evito una pareja y un hombre que hablan de cuándo volverán a verse. Cruzo la plaza, bajo la calle. Enfilo Tomás Zarracina en dirección a casa.

De camino, un hombre mayor canturrea mientras camina a las nueve y cinco de la noche.
Se me ha contagiado la vida, y no hay mejor banda sonora.

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