Tarraco

No puedo no escribirte:
a la miel de tu ver
y al tostado de los antebrazos marcados y hendidos
de trabajo y otros sueños.
Vivimos domingos lejanos
desde un jueves a la par,
caminos
a trompicones
que nos han llevado,
por segunda vez,
a un mismo mar.
Dominando ingenuo la experiencia estética,
descubriendo niño la magia de la maravilla.
No puedo más que decir
cuánto te envidio,
si te veo en el sitio en que yo estuve
tantas,
tantas veces.
Especialmente,
el día que empecé a vivir.
Vive, vive tú como hasta nunca,
que siempre nos quedará la aurora,
el pan tostado,
la sinrazón.
Siempre nos quedará la admiración
de sabernos serios,
capaces,
en el fondo,
de artificiar (h)amor.

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