Incremento

Sólo he necesitado unos acordes para volverte a ver, casi dos años después. A nadie asocio a la música, al invierno y a la cerveza como a ti. Mira que lo he intentado, cerrarnos de un portazo, pero te las apañas bien. Cada cierto tiempo reapareces para terminar no diciendo ni haciendo nada. Como una mosca cojonera. Y encima te veo el brillo en los ojos y rabio, y nos imagino en aquella ciudad que hubimos de visitar y nunca fue, o paseando en la madrugada hacia el noroeste sin un beso de portal.

Yo sé que alguna vez has pensado cuánto te hubiera gustado que las cosas fueran distintas. Lo sé porque lo quiero, porque lo deseo con todas mis fuerzas. Que tus fantasmas se hubieran escondido el tiempo suficiente como para desprenderte de la cadena que tenías al tobillo; mientras me enseñabas a vivir tú ya aprenderías a hacerlo. Ése has sido alguna vez en mi cabeza, pero no son distintas: son como fueron.

Ni siquiera va a cambiar la primera intrusión de aquel mes de abril en mi vida tan sumamente bien ordenadita. Ni la llamada telefónica de hora y media que anunció la hecatombe, ni la parálisis de mi alma los seis días posteriores. No van a cambiar los silencios cada vez que coincidimos en el mismo bar en miradas ajenas, ni las consecuencias que de no haber sido libres entonces aún pagamos.

Fue mi último intento, a finales de julio. Me he prometido mil veces que fue el último, de verdad. Tendí la mano una vez más para contarte todo esto que ahora cuento y sé que entiendes. Pero, como siempre, nunca fue. Sabes, nunca tuve el coraje de escribirte ni describirte, siempre con miedo de que realmente me leyeras. Pero ahora que sé que lo haces, ya no lo tengo.

Probablemente en este camino andado estos dos inviernos haya aprendido eso que querías enseñarme, y jamás olvidaré que el primer paso lo di con tu mano tendida a mi vera. Pero ahora que parece que la circunstancia nos permite, ahora ya no quiero. Te quedaste lejos. Exactamente, en ese julio en que no apareciste, claro que ya habías desaparecido una noche en que volvíamos a casa separados por diez metros. Cada uno a la suya, respectiva, para no volver a vernos en seis meses. Pero no, ya no quiero.

Ojalá nuestra historia hubiese sido escrita en momentos adecuados.
Qué pena todo aquello que me quedó por decir la primera vez que te lo debí haber dicho. 
Qué pena, en serio.
Qué pena que nunca te lo diga.

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