A nadie

Cien días de adioses formales, de reír, llorar, calcular y correr al unísono. Llegas, como siempre, demasiado tarde, enju(a)gándote sin que nieve pero con frío en este abril doliente e indeciso. De haber podido, al menos dos me habrían prohibido la pluma; lástima, la imposibilidad y la inevitabilidad van de la mano por este camino. Y tú me dejas hacer y decir, mientras me miras, mientras me ves. Pero rabio, porque no entiendo, porque no quiero, porque no sé. Cada vez que te observo a escondidas en las rendijas que forma la puerta de la pared del fondo, no sé. Y no es que no te sepa a ti ni me sepas a mí, que el gusto llegó a dominarnos bien. Es que no me sé de mí, pero sé que me sacas de todo, con gracia y desdén. Despertaré un día y te habré querido como tantas otras veces tantos otros cuerpos distintos en épocas mejores. Te bañas al sol que te quema cada vez que los milímetros del mapa te desgastan, yo me baño en frío mientras llueve, por el puro placer de la redundancia de tomarse las cosas en serio. De verme doscientos días más tarde rugiendo al espejo por no haberlo visto mientras tus marcas recientes palpitan. Sendos sellos de identidad entre sonrisas, violencia y tácticas tácitas con millas de piel recorridas. Y luego, de año en año, el destello del universo inexistente y nuestro centro. Duelo de titanes de diferentes mitologías, sabiendo que mi herencia es la griega y la tuya, perdida. Supongo.

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