Primavera

Me gustan los inviernos
y tus silencios otoñales.
Como cuando soñamos en dos metros cuadrados
que navegábamos mares separados
y en la misma barca.
Te descubrí a trozos,
y así me quedé,
hecha partes pequeñas algo toscas,
afiladas, sin curtir.
Fue hace muchos años.
Y resultó ser que no fueron los mismos mares.
Luego, yo volví a navegar.
Y me rompían el fondo de espaldas,
y lo arreglaban ante mí.
Yo arreglaba a quien rompía
y me rompía más así:
noches hirientes de cama completa,
odio, vómito y traición.
Pero conjuré, y el huracán pasó.
Volé sola.
Desde luego,
jamás fueron los mismos mares.
Lo olvidé.
No lo recuerdo.
Después, las tormentas calladas
y los triunfos recurrentes
en esta isla en medio de la nada,
donde lo tengo casi todo.
Aquí sigo.
Un día llegó otra barca;
trajo el verdadero invierno.
Y callaba en otoños,
y leía en veranos
los sueños de otros,
y gustaba descubrirme,
y jugar y juzgar,
y buscar la sorpresa
sin saber bien qué ni cómo.
Seguimos aquí,
es bien sabido:
la cuerda floja es,
ni más, ni menos,
el filo del presente.
Pero yo tengo mi isla,
tú tienes tu barca,
tenemos los mismos mares,
y todo porvenir.

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