Días de sol y frío

Lo mejor de todo es que no necesitamos nada: nada para llegar, y nada para irse. Terminamos en un óptimo venido a menos incapaz de satisfacer a nadie y, mientras, la cal se desprendía y debajo quedaba la arena, dispuesta a ser devuelta al mar en el inevitable y continuo batir de las olas. Sereno, repetitivo, el deshacer del tiempo de un pasado y hacia un futuro en el momento que respiro.

Tardé más tiempo que nunca en darme cuenta, demasiado en la sorpresa, demasiado en la rabia, demasiado en el viaje, demasiado en el desprecio, demasiado en volver a la vida. Pero volví, a medias, o solamente con un paso, o con medio, o con un milímetro, en cualquier caso desplazada del lugar en el que estaba, desarraigada, deconstruida, determinada, con la ceja fruncida. Se nos tranquiliza con la idea de que, conforme nos hacemos viejos, deberíamos aprender en un crescendo irremediable a lidiar mejor con la muerte, con la pérdida, con la vida, con la dicha y su ausencia y vacío. A veces sí, a veces menos. Unos sí, otros menos. Cada uno a discreción, como devuelve las estocadas el corazón herido de veras. Pero todo lo que ocurrió fuera de este ahora es ayer, y ya no existe.

Ahora bien, ¿existe su recuerdo? A veces sí, a veces menos. La vida son creencias en falsas certezas y sinceros sentires en las certezas mismas.

Creo vivir otros tiempos.
Siento cierto una única verdad.
Es la última vez que te escribo.

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