La pérdida

Empecé a escribir por el final. Primero me vi en otro término, y al acercarse la fecha en que volveré a enseñarme a mí y quizá a otros lo que fui, caí en la cuenta de que este tiempo no ha pasado. Han sido cinco estaciones, la humedad del ocre repetida, como si no fuera dicha suficiente observarla una sola vez. Este tiempo no ha pasado, o yo no he pasado apenas por él. Porque todo lo que creí aprender ya no existe. Ya sólo queda una consciencia inevitable que estaba ahí antes que nadie. No existe soledad voluntaria, la esperanza cobra un rostro amable y se lo intercambia con mil rostros sombríos. Creo firmemente que voy a perder. Que no merezco un triunfo que no provenga de esfuerzos muy concretos que jamás tendrán cabida en este marco. Creo que la bondad que queda en este cuerpo ajado por la vida ya no se puede pintar de blanco. Dudo continuamente de lo más esencial que he tomado por válido toda la vida. Observo la muerte y quiero la dicha que me dio encontrar su solución en el amor y la estética, pero a veces su sombra todo lo inunda, hasta final de verano. Entonces, la paz en cabellos casi rubios y ojos grises, entonces verte crecer al otro lado de tres mil kilómetros. Aún falta todo por hacer, con cinco estaciones de menos y el aire compuesto de incógnitas.

Hasta hoy, hasta ayer, que estrellé dos lágrimas mentidas contra toda expectativa.
El frágil sustento de mi cordura, saber que perderé.
O vida en una vivida, o una vida en vivir sinvivir.

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