Siete

No soy más que el recuerdo vago y familiar de lo que una vez fue, bajo una sonrisa serena y la maravillosa capacidad de vivir discerniendo sin juzgar. Aún tengo fantasmas viejos con los que hablo alguna que otra vez, pero ya no nos reconocemos el uno al otro, ni apenas a nosotros mismos. Porque hablar con los fantasmas es, de alguna manera, dejar de ser el que se es hoy.

He soportado más que nunca, he reído a mandíbula batiente. Me brillan los ojos por vez primera en dos décadas, con ese brillo que da la certeza de la paz y el recurso inevitable en tu hombro. Reservo la media que me falta para hablar de una infancia inexistente reducida a dos fotos que alumbran su desgaste. Ya no escondo, valiente, lo que digo, lo que pienso y lo que creo: mi arma es la desnudez de mi experiencia, de mis ojos y mi sangre.

Sigo bebiendo la fruta del arte que hay en la inocencia de un niño. En su pregunta y su tono, en su curiosidad infinita que rezo porque siga acostándose conmigo. Observo, no obstante, la autocensura de evitar gruñir al alba todas las veces que el caballo de la furia debió haber sido dicho. Hace meses que no me cuesta tan poco un escrito, será que hace meses que sé qué iba a contar hoy.

Nada me deja tan cerca de lo más honesto que he creado, si es que se puede decir que uno crea algo que no haya sido antes creado y creído. No hay más en el fondo de mi charca, lo oscuro barroco ha dado paso a la luz de líneas rectas y blancas, quedas y ojos negros.

Feliz aniversario a la transparencia hecha obra.

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