Días de suerte

Es un susurro continuo, más grave que agudo, que tan pronto se siente lejos como justo detrás, al volver la cabeza. El blanco batido en su final se opone a los verdes y los azules, avanzando desde el horizonte donde, a veces gris, a veces negra, ondea la silueta de una máquina. Los acantilados se ven carbón veteado de grana y pardo arcilloso, sin ser dúctiles de ninguna manera. El eucalipto joven engaña al pino azul y van compitiendo ladera arriba en pendientes imposibles, mientras retiro la arena de este trozo de tela fuerte que nos ha estado sirviendo de poso. Una de tantas calas, la nuestra de este hoy.

Las olas se han esmerado en construir pequeñas colinas, tan reales como las luchas de aquellos que las doman, que poco a poco van conquistándolas. Mientras de uno las palabras se afanan repetidas y brillantes, del otro salen laboriosas y pensadas. En poco más de medio metro, dos historias no escritas van descubriendo la playa, y sus entresijos, y sus quehaceres. Siguen, con la vista y el sentido, a dos figuras más altas que serán dioses durante la mayoría de los próximos años. Lo será uno más que el otro, y lo serán a su manera. Tendrán parcelas propias y su culto será distinto, mientras aprenden quiénes son ellos por medio de la ingenuidad que ya no guardan, que les es regalada.

Se van yendo el tiempo y el calor del día y llegando la brisa fresca. El agua ha vencido en su rutina, como siempre, y ahora más cerca de la orilla se van salpicando dos cuerpos menudos sin ropa, abrigados por la inocencia infantil que no deja hueco a los pudores. Mientras los visto, y antes de concluir el día, la risa limpia rellena los ratos de espera.

-Te vamos a echar de menos.

Pestañeo, sonrío dentro y fuera, sé que brillo con mis ojos, y contesto.
Secretamente, guardo esa voz en un cajón con lazo rojo.
Los lazos rojos de la suerte de mis días.



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