Allá a lo lejos

Me es borroso y difuso, y solamente de color marrón oscuro, barniz barato. Así es el resumen, en el décimo cajón de mi cofre de sentimentalismos previos, de todo aquello. Ni siquiera le da luz volver a verte en la pantalla, parpadeante e insistiendo suavemente.

Supe siempre que no. Aunque lo intentara y observara cosas nuevas, el desprecio es mal cimiento. No consigue asentar. Era un veneno denso y opaco, metálico y brillante, un veneno que define la etiqueta de tus ojos que en mí persiste. Un veneno cuyo antídoto fue el mejor, que fue marchar.

No lo distingo. Y está bien así, no hay culpa ni rencor, y podría haberlos habido. Era todo un ritual, una preparación frente al resto de la vida, y así hasta que nos sobrevenga la muerte. Sin saber para qué, o siendo ello mismo ese qué. No importa. Cada uno justifica su miseria como puede, o como quiere, o como le dejan.

Mi miseria ya no existe, y no la borró un elixir cuidadosamente elaborado. Ni un pacto con una deidad distinta, sino entre iguales. La borró de la ecuación encontrar en él razón para toda esta existencia. En el dibujo de sus hombros, aunque se salgan de sí. En el olor que deja en la almohada al irse al alba para volver pasado el mediodía.

Si busco y pienso y escribo, tristemente me doy cuenta. No me importa lo demás.


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