El mal a veces tiene suerte

Ya solamente me sale hablar lo mismo. Escribir lo mismo. Ha amanecido otra mañana y me enfrento al folio en blanco. Es verdad, últimamente está menos blanco, menos miedo. Ya es frío en septiembre, y puedo llevar puestos los calcetines todo el día sin que nadie me riña. En poco tiempo sacaré la manta extra, la del invierno y el olor a té rojo, canela y papel viejo de libro antiguo.

Todo ordenado, recuerdo los personajes que alguna vez leí y sueño con los que en algún momento me inventé. Tienen formas difusas: no les di una vida propia y se me difuminan en el sueño hechos sus rostros de humo negro, gris y blanco.

¿Cómo no van a estar enfadados conmigo si los creo cuando peor me siento y tienen de mí la esperanza anhelada nunca conseguida? Si amar es idealizar, los amé a todos, aunque los amara mal. Y ahí me siguen, fieles por atrapados, acuciantes deseando echar a volar en otras mentes.

Uno de ellos, el Terrible, se sienta en su trono de metal, y sacude su lengua bífida cada vez que fracaso. Sé que aunque no lo sepa, algún día fue real, y sé que sonreiría en ese fracaso real. Pero nos separan años luz, aunque nunca le escribiera.

Creo que os voy a contar su historia. Algún día.

De momento esta es su carta de presentación. Solamente sus dientes casi romos, partidos y la barba de tres días pobre y empobrecida por la hiel. De miembros alargados, su postura recostada recuerda esa imagen niña de un romano en plena comilona. Justo, todo listo, para vomitar después.

Como hombre, es un animal que se autointoxica. Huele amargo y se mueve cual serpiente, aunque nada en él recuerde la palabra elegante. Siempre malvivió de compasión, de engaños y mentiras torpemente urdidas, con una floritura al final y una puntuación de diez.

El mal a veces tiene suerte.

Creo que os voy a contar su historia.
Algún día.

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