Entrada de diario de un domingo de septiembre

Se me ha limpiado el horizonte con algo de polvo en los ojos en medio de una tormenta de lluvia gruesa y pausada. A partes iguales mezclando áiron y petricor. Es el séptimo en noveno lugar que me huele a octubre, con vacaciones de verano puestas e impuestas en la segunda mitad. Ni tan mal.

Echo la vista atrás tres y cuatro años, y las desgracias no igualan al fénix, pero casi. Así que toca una lista de indie folk y vaciar el armario de pantaloncitos cortos que invocan catcalling.

He vuelto a ser consciente de la miseria de su vida infame, elegida y envenenada de cáncer y rencores. Aparece un personaje hecho escarnio, que a duras penas iguala la fama de su alter ego creado hace tanto. Luego, apretar los dientes y tragar el agua salada antes de que brote. Todo sea por no aceptar una esencia vil y maquillar bien la cara delante de una nueva señorita, una vez cada par de años.

Lo cierto es que empiezo a sentirme bien. La suerte siempre ayuda, aunque sea una suerte pequeñita. He prendido una vela que lleva vainilla y canela. Las ventanas están abiertas y el cielo no se decide entre bochorno, tormenta y septiembre. He dormido feliz y fuerte en el lugar más seguro del planeta, un contigo. Y suena facilón y manido, pero tan sencillo es.

Me queda mucho por hacer. Sigo queriendo correr y vivir, y reír y volar y sentir. Sigo queriendo descubrir qué hay en mi adentro, seguir delicadamente la artesanía de quererme. De seguir queriéndote a ti. Te hablo como otro incluido en los planes que ya eres, un compañero de caminos. O de bicis, si quieres.

Parece que el polvo muerto de este verano seco se escapa. Que todo va trayendo Grandes Esperanzas. Pues mira qué bien, querido domingo día 3. Septiembre también huele a café.

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