Se me acabará el escribirte

El abismo a los pies y el impulso y la pregunta de dejarse caer. Un sencillo gesto, las piernas bailan hacia delante y hacia atrás, alternas. Descalza. Mis manos aferradas al asiento y un gran vacío, y al fondo el verde monte del norte en el que quiero vivir. Respirando eucalipto y romero.

No sé si quiero cerca el mar. Nos hemos llevado aceptablemente bien hasta ahora, con cierto respeto mutuo. Yo a él por inmenso, el a mí por ínfima. Me miro después de casi una década: escribo de mí en femenino, por fin. Con nombre y apellidos. Valiente.

Sueño conmigo y tu sombra cálida detrás, y suspiro al despertar porque tu paciencia no se desvanezca nunca. A diario la misma pregunta: cómo es posible que no interfieras, que me veas vivir como quiero sabiendo que hay huracán tras huracán. Cómo bebes de mi pasión a una distancia prudente, prudente y sereno siempre.

Te has llevado, después de todo este tiempo, lo malsano de mi curiosidad por lo que ha de llegar. El miedo, terrible, mirando la ciudad a oscuras, sin radio, una noche de grande luna. Mi paz es hoy, un tiempo que nunca supe encontrar. Una paz como la de la primera vez, como el temblar. Como echarnos en falta.

No sé si se me acabará escribirte alguna vez, ojalá no se me acabe nunca. No sabes lo hondo que deseo vivir contigo los años y contar los otoños y los triunfos, y las derrotas. Y contarnos a nosotros, hablarnos de tú a tú, al lado de un ventanal y frente a frente.

Y abrazarte por detrás. Y mirar al frente.

Ojalá no se me acabe nunca el escribirte.


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